Carta abierta a Francisco
Coello Cabrera, «Paco», una persona que a decir de los que compartimos su
amista, solía decir: «ese, ese no es cura, ese es ¡Un Buen Hombre!
Paco: Cuatro letras, dos sílabas y… así de primeras suena a
poco, a grano de mostaza. Pero, si añadimos su apellido: «Coello», el contexto
se amplia, se hace sensiblemente íntimo, eterno.
Paco el amigo. Paco el Bueno, Paco el benefactor de los desvalidos.
Paco, el que dejó el arado, arrimó el hombro a la Cruz y la llevó consigo hasta
el último minuto y las últimas consecuencias de su vida.
Tuve la suerte de conocerte, y, cosa extraña. De tratarte,
de congeniar, de sentirme fortalecido con tu palabra, nacida para pensar, para
mediar, y… todo eso a pesar de… a pesar de ser cura. Yo sé lo mucho que me has
hecho pensar. Lo mucho que compartíamos y lo mucho que me duele no poder seguir
compartiendo tu voz y tu presencia.
Yo un… digamos ateo, un agnóstico, un rojo, un socialista,
una mosca cojonera con todo lo relacionado con el clero, que no con la iglesia,
ni con las escrituras. Sabes, bueno, sabías; lo mucho que para mí representa la
lectura. Y tú, de forma sutil, me reposicionaste en otros textos y contextos.
Sabías que me gustaba escribir, o recopilar, o aprender, que todo viene a
definirse en los mismo términos, y… y fuiste mi maestro. El mejor.
Puedo asegurar que el tiempo que emplee. –Mejor dicho–, que «goce»,
gracias a Jaime y Consuelo, o Consuelo y Jaime, que tanto monta, recopilando tu
vida; ordené, en cierto modo, un poco la mía. Puede que yo sea uno de esos
extraños logros de un pastor, de un Buen Pastor, que es lo que tú eras de todas
las iglesia en las que has ejercido hasta llegar a la del Buen Pastor de
Benidorm. Pero… pero, por qué te redescubrí allí, en Benidorm. Por qué no fue
aquí, en Onil, donde tantas huellas has dejado, donde tantas veces hemos
recorrido juntos los intrincados senderos de nuestra sierra con el tío Cata… ¿Cómo
pude estar tan ciego? Porque extraños motivos no alcance a ver la luz y la profundidad
de tus palabras, de tus enseñanzas, porque no vislumbré el futuro de
premoniciones, y compartí tus ideas, tu camino, tu senda…
Paco, esto que expreso a continuación son palabras tuyas, no
mías. En una ocasión concreta, con fecha incluida, Dijiste: «Se suele decir que recordar es “volver a
pasar por el corazón”. Pues eso es lo que hacemos al cumplir la Hoja Parroquial
los mil números».
Mil números, miles de recuerdos. Un universo infinito de
motivos para enriquecer el espíritu con tu simple evocación, para mejorar uno
mismo, que es en sí, un bien para la comunidad. No fui un buen alumno, pero
como el chiste de aquel que quería comprar un loro y le vendieron un mochuelo,
nunca consiguió hacerlo «hablar», pero se fijaba mucho». Yo he sido mochuelo
cada vez que nos hemos reunido, me he fijado muchos pero… ya lo sabes, siempre
he sido un mal alumno, una oveja descarriada que ahora, con tu ausencia, ya no
encuentra su redil. Pero te prometo que no dejaré de imitarte, de plagiarte, de
leerte…
Tú ya sabías que conmigo no ibas a contar en tu funeral. Fueron
Sola, Jaime, Consuelo, Vayona, el Roch… fueron muchos, un montón de gente.
Hoy en la red eres noticia, cosa que no te gustaba nada, pero que nunca pudiste
evitar. Pero también sabes que estuve a tu lado, por lo menos en pensamiento.
Así que eché mano al ordenador, abrí la carpeta de los apuntes que me regales y,
sin esforzarme en buscar, por medio de una mano invisible que yo me sé muy bien,
abrí un archivo y me puse a leer un texto exclusivo para la ocasión y que venía
a demostrar de tu inmenso amor. El texto decía así:
«Hoy celebramos la solemnidad del Corazón de Jesús. En ella
contemplamos la plena revelación del amor de Dios, en el amor con que nos amó
Jesús.
Todo en Jesús es revelación. Toda su vida es como una
ventana abierta por la que se va asomando el Dios, Misterio de Amor.
Su humanidad es también revelación de la nuestra. Hemos sido
creados a imagen de Dios. Con todas nuestras limitaciones somos IKONO del Dios,
familia de amor, para ser también nosotros ventana por donde asoma Dios.
En esta solemnidad, en este marco de amor, nos unimos a la
Hermana Clementina para darle gracias a Dios por sus cincuenta años de vida
consagrada al Señor en el Carisma de las Hermanas de la Doctrina Cristiana.
Ella un día escuchó la llamada de Jesús, y, dejándolo todo,
lo siguió. También a Clementina le hizo Jesús aquellas preguntas con que
examinó de amor a Pedro:
¿Me amas más que estos? ¿Me amas de un modo especial? ¿Me
amas con toda tu capacidad de amar? ¿Me amas en exclusiva?
Y seguro que ella, como Pedro, contestó: Señor, Tú lo sabes
todo. Tú sabes que te amo.
La vida de una persona consagrada, la vida de una virgen,
está “hecha” de amor, y sólo es posible como una decisión dictada por el amor.
Virgen es aquella persona que, como dice el Salmo 44, ha
elegido amar de todo corazón al más hermoso de los hijos de los hombres.
Virgen es aquella persona con capacidad de relacionarse con
los demás a partir de aquella relación que está en el origen de todo: la
relación con Dios.
Una santa mujer decía: Eres Tú, Señor, aquella parte de mi
misma que yo buscaba por todas partes para completarme. Tú das unidad a todo mi
ser.
Clementina, que el Señor posea en tu alma el lugar que no
has querido ceder a “otro esposo”. Que el Señor siga completando en ti lo que
Él empezó hace 50 años. Y que tú sigas siendo el barro dócil en las manos del
Espíritu Santo.
Nosotros damos gracias a Dios porque has sido un regalo para
la Iglesia, para el Instituto y para el mundo».
… Y, esto lo dijiste tú, lo escribiste tú. Así que yo lo
proclamo, lo grito para que el eco de tu voz llegue hasta ese lugar por el que
tanto dolor has soportado hasta alcanzarlo.
Tú has sido mi
ventana. Haz que no se cierren jamás. Sola, mi mujer, ya sabe que siempre debe
tenerla abierta, aunque le entre el polen y sus ojos, inyectados de alergia, no
puedan reprimir las lágrimas; como ella dijo al entrar a casa con los ojos enrojecidos
después de haber asistido a tu funeral: «es la alergia, no vayas a pensar… que
tú…».
Un abrazo eterno, Paco.
Cames.
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